por Jun 13, 2022

Un diamante para papá

Este relato fue galardonado con el primer premio del VII Certamen de Narrativa Allende Sierra

La pelea siempre empezaba de la misma manera: en la humeante sobremesa de la barbacoa, bajo  una alfombra de cigarrillos consumidos, y con papá gritando mientras sujetaba entre sus brazos la urna que contenía las cenizas de mi madre.

—¡Que me dejéis ya de tocar los cojones! —decía mientras aporreaba la pobre mesa de plástico, cuyos días ya estaban contados—. Siempre con el mismo tema del diamante aquí y del diamante allá, ¿Cuántas veces tenemos que discutir el mismo puto tema?

Mis hermanos y yo solíamos rendirnos en el mismo punto de la discusión. Cuando papá golpeaba la mesa y abrazaba la urna de cerámica como una pelota de futbol americano, sabíamos que ya nada podíamos hacer, que la batalla estaba perdida ante el general que había inventado el mismo arte de la discusión.

Pero aquella vez yo también estaba harto, cansado de tener que repetir siempre nuestra petición que a nuestros modernos ojos nos parecía más que razonable.

—Padre, deja de ser tan terco —empecé a decir mientras tiraba otro cigarrillo al suelo—. Si sacamos el mismo tema es porque es importante para nosotros y lo debería ser para ti también. ¿Qué tienes en contra de los poliedros y su tecnología? ¿O es esto una especie de racismo alienígena?

Papá gruñó una vez más y emulando mi gesto tiró al suelo su cigarrillo consumido. Otro cadáver más al cementerio de ignorados cuerpos calcinados. ¿Por qué papá se negaba con tanta vehemencia a escucharnos? ¿Por qué luchaba con tanta fuerza por algo que habrían matado millones de personas durante toda la historia para poder obtenerlo?

Pues porque mi padre era el único ser humano capaz de rechazar la única manera de volver a ver a los que han muerto.

—Polvo eres, y en polvo te convertirás —dijo papá, acariciando la pulida superficie de la urna negra, como si aquellas palabras que repetía una y otra vez fueran la respuesta a todos los problemas del mundo. Como si esa respuesta fuera satisfactoria para todos, cuando en realidad solo le ayudaba a él.

Aquí fue cuando decidí tirar la toalla junto a mis otros hermanos. Ellos ya hacía mucho tiempo que se habían resignado, mirando distraídamente sus móviles para seguir de cerca los nuevos eventos que estaban aconteciendo alrededor de los poliedros. Cualquier noticia venida de otro mundo era más emocionante que pelearse en el mismo lugar, con la misma persona por el mismo tema.

Nosotros ya éramos parte del nuevo mundo, pero mi padre se negaba a entrar en esta nueva tierra más brillante e interesante. Quería quedarse en su hogar de barro y polvo y morir junto a sus antiguas creencias, como un Moisés que mira Canaán a lo lejos y decide por motu proprio quedarse en el desierto y desvanecerse en la misma arena que ha conocido durante cuarenta años.

Los poliedros nos estaban dando una alternativa a la muerte. Y él la rechazaba. No le he visto llorar en ningún momento, ni siquiera en el funeral. Eso no podía ser sano.

—¿Pero entonces, qué vas a hacer con esas cenizas, papá? —intenté volver a preguntar, sorprendiéndome de reavivar la pelea cuando ya había tirado la espada—. ¿Te vas a quedar con ellas hasta que tú mismo fallezcas, tirando a la basura la única oportunidad de volver a ver a mamá en todas y más complejas formas?

—Yo ya veo a tu madre todos los días —me cortó con un gesto de la mano, aprovechándolo para sacar otro cigarrillo del bolsillo de su camisa a rayas—. No necesito de juguetitos extraterrestres para hacerlo. La veo aquí conmigo todos los días. Su recuerdo siempre me acompañará, su memoria es suficiente para mí. ¿Por qué no lo es para vosotros?

No entendíamos a mi padre. Y seguramente él tampoco nos entendía a nosotros. Éramos tan alienígenas como las criaturas que habían llegado del cielo en sus naves de incontables ángulos y cegadores brillos. Éramos niñatos encaprichados por una moda pasajera, tentados y engañados por los demonios que nos ofrecían promesas de resurrecciones atrapadas en piedras talladas y transparentes.

Si tanto amaba a mamá, ¿por qué negarse a verla otra vez en una forma tan esplendida? ¿Qué era tan difícil de entender? Nosotros solo queríamos que papá viese a mamá de nuevo. Solo queríamos darle un diamante. ¿Era eso tan difícil de aceptar?

La conversación fue agonizando poco a poco hasta que ya no quedó ninguna ascua que avivar. Mis hermanos se marcharon a sus respectivas casas, mi padre se retiró para echarse una siesta, y yo, como siempre, me quedé limpiando el desastre.

—Polvo eres, y en polvo te convertirás —repetí sin darme cuenta mientras recogía con una escoba y la pala de hierro los cigarros a medio acabar del suelo. Eran mártires de una causa perdida, templarios de una orden sagrada que habían muerto en vano para recuperar Jerusalén.

Con la pala llena de ceniza y la frustración de intentar convencer a mi padre, supe que tenía que actuar. Que las palabras ya habían dejado de significar algo tiempo atrás cuando mi madre dejó su cuerpo en la cama de mierda del hospital. Supe que si iba a ganar esta guerra santa debía empuñar la espada, y que mis crímenes estarían justificados si lo hacía en nombre del amor.

—Manifestamos el amor de la manera en que lo hemos presenciado. No podemos pedir mucho más —solía decir mi madre. Y esas palabras, que me sabían ahora negras e infértiles, despertaron en mí la rebeldía para poder actuar.

Tomé las cenizas del tabaco fumado y del carbón consumido de la barbacoa, y las metí dentro de una bolsa de plástico. Iba a conseguir ese diamante para papá, y me lo iba a agradecer aunque él todavía no lo supiera.

Mi padre dormía sujetando la urna, tumbado de lado para abrazar una sombra de lo que había sido su esposa. Nunca había visto a mi padre mostrar con tanta libertad ese tipo de cariño a mi madre cuando estaba viva. Y por eso cuando vi esa tierna escena de amor hacia un objeto inanimado, mi corazón se derritió en una mezcla alquímica de tristeza e ira.

Pero no podía doblegarme ante el enemigo. Debía cumplir mi misión. Era por su bienestar. Por su felicidad.

Papá necesitaba un diamante.

♦♦♦

Engañar a mi padre fue lo más fácil. Solo tuve que ir al tanatorio a comprar una urna idéntica a la de mi madre (desgraciados que se estaban haciendo de oro en esta nueva era de cenizas y diamantes), quedarme a “dormir” en mi antigua casa, esperar a escuchar la turbulenta y acompasada respiración de mi padre, e intercambiar las urnas de cenizas diferentes mientras dormía en sus sueños de recuerdos intangibles.

Esa misma noche, después de mi furtivo hurto, conduje dos horas y media para peregrinar a una de las montañas donde habían aterrizado los poliedros. Hacía más de un año que habían llegado sin dar ninguna explicación, sin musitar una sola palabra en sus ecos cristalinos. Simplemente habían llegado para regalarnos (sin pedir aparentemente nada a cambio) el incalculable regalo de la inmortalidad.

Cuando llegué al pie de la montaña ya había miles de peregrinos esperando su turno, sujetando las cenizas de sus seres queridos en urnas, cajas, latas y bolsas. Todos éramos iguales ante los ojos de la muerte, y todos deseábamos obtener esa segunda oportunidad.

Las veinte filas avanzaban con rapidez. Uno creería que el proceso de transformación tardaría horas, días o semanas. Pero en realidad era cuestión de unos pocos segundos. Nuestros pasos para subir la montaña eran rítmicos, casi armoniosos, arrastrando los pies junto con la tierra, bailando con los contenedores y escuchando a la lejanía el viento, la compresión, el tintineo y las lágrimas cayendo de los rostros aliviados.

Mi turno llegó tan pronto que no pude prepararme para la visión de aquellos poliédricos seres. Tenerles delante no tenía nada que ver con ver las imágenes en pantalla. Ahora entendía por qué tanta gente se refería a ellos como “los ángeles antiguos,” porque sus imposibles cuerpos inspiraban temor y gloria al mismo tiempo. Cada célula de mi cuerpo temblaba ante ellos, observando con la mirada ardiente sus togas de seda roja que flotaban en el aire y sus cabezas de múltiples ángulos que me recordaban tanto a los dados que utilizaba de pequeño para mis juegos de rol.

Quizás era por eso que sentía que estaba jugando con el azar. Que aquel gesto de amor hacia mi padre era una tirada ciega a la suerte, a la misteriosa voluntad llegada del cielo, y que el resultado de mi osadía contra mi propio padre podía acabar en múltiples realidades. ¿Se iba a enfadar? ¿Se iba a poner triste? ¿Me desheredaría? ¿Me daría un abrazo? ¿Volveríamos a ser un padre y un hijo cercanos? ¿Sería por fin capaz de llorar por la pérdida más terrible que uno puede experimentar?

No sabía lo que iba a pasar. Solo podía tirar el dado y esperar su resultado.

Abrí la urna de cerámica, y las cenizas de mi madre comenzaron a elevarse en el aire.  

♦♦♦

La bofetada explotó en mi rostro. La mano roja de mi padre palpitaba. El diamante brillaba encima de la mesa del patio, limpia por primera vez en mucho tiempo.

—Cómo te has atrevido —dijo mi padre con la respiración cortada y la ira hirviendo—. Cómo te atreves a mancillar la memoria de tu madre y a desafiar sus últimos deseos.

—¿Sus deseos o los tuyos? —pregunté con mi mano sobre la mejilla ardiente—. Mamá siempre veía las noticias de los poliedros y no se perdía ni un solo testimonio de los que habían transformado las cenizas de sus seres queridos en diamantes. ¿De verdad quieres hacerme creer que ella no habría deseado esto? —dije señalando la piedra preciosa que parpadeaba con timidez.

—No entiendes nada —contestó mi padre, tomando el diamante en sus manos. La pequeña joya reflejaba la luz, iluminándonos a todos con su fantasmal presencia. Dentro estaban los recuerdos de mi madre, esperando ser presenciados. Esperando ser recordados. Esperando ser reconocidos.

Antes de regalarle el diamante a mi padre, yo ya había mirado a través de él. ¿Cómo no iba a hacerlo? Yo también quería ver a mi madre desde que había fallecido. De eso trataba toda esta guerra, toda esta pantomima de mentiras y de robos y de bofetadas. Nada más ser devueltas por los poliedros las cenizas transformadas, miré a través de los nuevos ángulos pulidos y vi a mi madre sonreírme desde su espectral refugio. Se movía como siempre se movía, sonreía como siempre sonreía, me miraba como siempre me miraba. Y cada ángulo perfilado era una realidad alterna, un dado con un resultado diferente, una dimensión nueva por explorar. Y era por eso que según girabas los lados del diamante podías vislumbrar lo que podría ser en otro universo y dimensión.

En una mi madre era cocinera profesional. En otra se había quedado ciega tras un accidente de moto. O tenía dos cabezas funcionales. O trabajaba como astronauta en las lunas de Júpiter. O no estaba con mi padre. O no me había tenido a mí. O estaba viva. O no lo estaba.

Cada mirada resucitaba un fantasma nuevo y desconocido. Cada ángulo revelaba a una madre que conocía y desconocía al mismo tiempo. Y cada vez que miraba no podía evitar sentir que ella volvía a morir de nuevo de infinitas maneras. Que su fantasma transparente en vez de darme paz me la consumía.

Y quizás ese era el problema. El que mi padre quería explicarme pero era incapaz porque sus palabras ya no significaban nada para el que ha perdido el amor de su vida. Porque su única manera de expresarlo era a través de sus propios restos mortales.

Manifestamos el amor de la manera en que lo hemos presenciado. No podemos pedir mucho más.

Mi padre dejó el diamante sobre la mesa y tomó en su lugar la pala de hierro para recoger la ceniza, la misma que yo había utilizado para limpiar la barbacoa y engañarle en su sagrada siesta. Tomó el metal negro con ambas manos y me miró a los ojos. Estaban húmedos y rojos.

—No elegimos a nuestros padres —comenzó a decir—. No elegimos a nuestros hijos, ni el lugar donde nacemos ni cómo moriremos. Lo único que podemos realmente elegir es con quien compartimos nuestra vida. Y esa era tu madre, la única elección real que he tomado en mi puta vida. Y no pienso dejar que este diamante me muestre su fantasma y sus venenosas posibilidades.

Sus manos empuñaban la pala con la fuerza de un templario. Yo sabía que estaba a punto de perder la guerra santa. Cuando tienes a un verdadero guerrero frente a ti, lo puedes sentir en tus propias carnes antes de ser atravesadas.

Solo pude levantar las manos en señal de rendición y esperar que se apiadara de mi y del diamante.

—Polvo eres…

Mi padre bajó los brazos y golpeó la joya fúnebre con todas sus fuerzas.

¡PAM! ¡CRACK!

—Y en polvo te convertirás.

¡PAM! ¡PAM! ¡CRACK, CRACK!

El alótropo se rindió ante el hierro, pues no era rival frente a su voluntad. Sus pulidas y perfectas superficies se resquebrajaban sobre la más férrea decisión de un viudo cabezota. Cada golpe lo partía en más pedazos, rompiendo el fantasma multidimensional en más realidades que ya nadie más sería capaz de contemplar. Pequeños universos convertidos en granos transparentes eran aplastados sin piedad por la voluntad de un marido en luto que con cada golpe elegía la muerte para demostrar su amor.

—¡Polvo ERES y en POLVO te CONVERTIRÁS!

Mi padre siguió su batalla hasta que no quedó en pie ningún diamante que admirar, ninguna esquirla que glorificar, ningún fantasma que cavilar. Golpeó y golpeó con el hierro ensangrentado entre sus manos, hasta que sus palabras se hicieron realidad. Lo que antes era un cuerpo se volvió cenizas, y lo que antes era un diamante se convirtió en polvo.

El brillante, brillante y brillante polvo fue llevado con el primer viento, dejándonos a mi padre y a mí una estela de minúsculas estrellas sobre nuestras cabezas. Si el fantasma de mi madre seguía estando entre esos restos pulverizados, espero que nos estuviera mirando desde todos los universos posibles.

Mi padre y yo lloramos, restregándonos los escocidos ojos por un recuerdo que jamás íbamos a dejar atrás aunque quisiéramos.

Asimilamos el polvo en nuestros propios cuerpos, lo respiramos entre tosidos secos, lo humedecimos con nuestros ojos, y lo sujetamos con nuestras lenguas.

—Polvo somos, y en polvo nos convertiremos —dijimos mi padre y yo al unísono, llorando y tosiendo y riendo entre la estela de polvo de diamante que se había convertido para siempre en una parte de nosotros.   

Al final manifestamos el amor de la manera en que lo hemos presenciado.

No podemos pedir mucho más.

ENTREVISTA EN ONDA CERO MADRID NORTE

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