por Oct 28, 2025

El lenguaje de los hongos

Esta historia corta fue publicada en el nº 1 de la revista Sofón del 2025

Cuando las setas comenzaron a brotar y a invadir la ciudad, fue a nosotros a quienes acudieron en busca de ayuda: a los que callan, a los que mantienen sus palabras bajo la lengua o sumergidas en sus manos, a los que hemos sido ocultados por la existencia de nuestro silencio.

Nos han llamando por muchos nombres: mudos, enfermos mentales, mongolos, tontitos, retrasados… Nombres pegajosos y venenosos que nos han forzado a cargar. Nombres que siempre creyeron que no comprendíamos, cuyo significado pasaba por encima de estas cabezas que creían entender. Pero se equivocaban. Porque al igual que estas setas que han quebrado la ciudad son solo el fruto visible de lo que subyace bajo el asfalto quebrado, el silencio que se contempla de nosotros es solo su superficie. Porque por debajo de estos cuerpos que muchas veces nos traicionan hay mensajes infinitos que transmitir.

Tenemos muchos nombres. Pero si tuviéramos que elegir uno de ellos, de entre esa lista de puntiagudas y ruidosas sílabas que son incapaces de contener lo que somos, sería el de no-verbales. Los que no tienen habla pero rebosan comunicación por debajo de sus pieles.

Las setas llegaron entre temblores y gritos. Partieron las calles en heridas de cemento, emergiendo para alzarse como las nuevas dueñas de la ciudad. Lanzas de carne del color de la miel bañada por el sol atravesaron acero, hormigón y ladrillo sin ningún obstáculo. Parecían los dedos de personas muertas que querían retornar. Y la ciudad no podía hacer nada contra aquella desconocida amenaza, pues en un solo día la tecnología quedó conquistada por aquellos seres que no dejaban de crecer, crecer y crecer.

Al principio nadie sabía lo que eran. Por su estructura parecían árboles, pero no poseían ramas ni tampoco hojas. Solo eran gruesos y densos troncos que se erigían como monolitos vivos. Y cuando algunos se atrevieron a tocarlos, su tacto era como el de la carne húmeda que reaccionaba con violencia ante los dedos asustados de los supervivientes.

Nadie sabía qué eran hasta que uno de nuestros hermanos habló usando sus dedos. Tomó su comunicador digital, y con movimientos lentos pero decididos fue deletreando las letras para revelar a sus cuidadores una palabra: prototaxite.

Los nombres tienen poder, nosotros lo sabemos bien. Y nuestro hermano había encontrado el que iluminaría el entendimiento de esta criatura y nuestra relación con ella.

Cuando sus cuidadores buscaron lo que significaba aquella desconocida palabra, entendieron enseguida que él tenía razón. Los prototaxites eran hongos. Antiguos, muy antiguos. Cuatrocientos setenta millones de años separaban a estos seres de nuestro presente. Colosos antiguos que dominaban el mundo en las eras ordovícica y devónica. Se habían extinguido hace mucho tiempo, derrotados por los siguientes seres en la cadena evolutiva que les usurparían su trono en la tierra.

Pero ahora el hongo había regresado para brotar sus setas en mitad de la ciudad. Y sus intenciones eran tan silenciosas como nuestras bocas mudas.

Antes de que los cuidadores de nuestro hermano se pusieran en contacto con los medios de comunicación, muchos de nosotros ya nos habíamos acercado al prototaxite. Algunos por descuido, otros por curiosidad. Quizás porque habían irrumpido en nuestras casas, en los hogares protegidos de nuestros cuidadores, amigos y familiares que estaban demasiado ocupados en dejarse poseer por el pánico. Los cuerpos del gigantesco hongo nos atraían. A nosotros, que muchos nos repugnaban las texturas y las humedades, sentíamos que nos quería hablar. Que a pesar de que nuestros cuerpos eran tan diferentes compartíamos un mismo lenguaje sin palabras.

Silencioso. Callado. Mudo. No-verbal.

Posamos nuestros cuerpos sobre los suyos. Y antes de que nuestros cuidadores y familiares pudieran detenernos, el hongo respondió ante nuestro tacto. No con violencia, como se nos había advertido. Sino con un hormigueo que se transmitía por nuestras pieles, como si un poderoso relámpago danzara al ritmo de nuestros latidos.

Sabemos bien lo que es hablar sin palabras. Lo hemos sabido todas nuestras vidas, desde que llegamos a este mundo donde parece que el lenguaje hablado y escrito es lo más importante. Los que saben hablar se sienten orgullosos de lo que pueden expresar con tres sílabas juntas, pero desconocen lo difícil que es formar y entender las palabras con nuestras bocas o dedos. Para lo que otros consiguen con la facilidad de caminar, nosotros tenemos que cruzar mares turbulentos de pensamientos. Olas neuronales que chocan violentamente para tomar una sola decisión. Nuestras cabezas rugen con la actividad de quien busca el recuerdo del significado, para que mientras tanto el resto del cuerpo reaccione a su manera más natural e inmediata.

Saltamos de puntillas. Aleteamos las manos. Damos palmadas. Agitamos la cabeza. Señalamos con los dedos. Nos quedamos quietos, muy quietos. O golpeamos, golpeamos y golpeamos. Estos son nuestros cuerpos hablando en lugar de nuestras bocas, comunicando en su manera más verdadera. Sílabas que se hacen movimiento. Ritmos como expresión de un lenguaje que precede a cualquier palabra. El lenguaje del que provenimos, y el que nos unía a este hongo prehistórico.

Y el prototaxite lo sabe. Porque basta ser testigo de un silencio para reconocer que somos lo mismo: seres que van más allá de la palabra. Del cuerpo. Del tiempo.

La ciudad pronto se hizo eco del descubrimiento de nuestro hermano. Él, que no había pronunciado una sola palabra en su vida, sabía bien de lo que hablaba, pues se pasaba todo el día navegando por las redes de internet, explorando los confines de un mundo de dígitos que no limitaba su cuerpo en silla de ruedas. Él, como muchos de nosotros, observaba lo que otros no veían. Sabía mucho sobre micología, y eso quedó demostrado cuando reconoció de inmediato al hongo colosal que parecía haber vuelto de entre los muertos, de ese pasado olvidado, arcano y extinguido.

Se reunieron científicos y militares de todas partes del país. Algunos para entender al hongo, otros para detenerlo, y un buen puñado para destruirlo. Se acercaban a las setas con miedo en sus corazones, contemplando a los gigantescos troncos. Pero cuando intentaban acercarse, las setas respondían. El hongo sabía sus intenciones: deseaban que se marchara. Que volviera al lugar del que provenía, que retornara a su letargo sueño de la era devoniana, donde él era todavía el dueño de la tierra. Los que hablan querían que regresara al silencio más profundo. Escondido. Tapado. Oculto.

Nosotros sabíamos bien lo que es tener que permanecer escondidos. Tapados. Ocultos. Que no te quieran escuchar. Que no te quieran contemplar. Nosotros conocíamos el dolor del hongo.

Acudieron a nosotros con histérica urgencia, reuniéndonos a todos los no-verbales de la ciudad que estaba siendo invadida por el prototaxite. Nuestra habilidad de tocar al hongo sin ser rechazados se había propagado también por las redes de internet. Comentarios, audios y videos mostrando de lo que éramos capaces. De lo que podían hacer aquellos que portaban cien nombres sobre sus cuerpos pero ninguna palabra en sus labios.

—Por favor, ayudadnos a comunicarnos con el hongo —nos pidieron, con las manos juntas y los ojos brillantes. Ellos, que nunca nos habían pedido nada, que evitaban nuestras miradas y nuestros silencios si nos los cruzábamos por las calles, nos pedían ayuda por primera vez.

Podríamos haber dicho que no, es cierto. ¿Por qué íbamos a ayudar a los que también nos han intentado ocultar durante tanto tiempo? Los científicos han subestimado durante décadas nuestras habilidades y nuestra comprensión hasta reducirnos a seres inferiores solo dignos de ser encerrados en habitaciones herméticas. Y para los militares que nos suplican colaboración, para ellos solo hemos sido durante la historia la solución práctica a un problema obvio: “Si no servís para nada, no tenéis lugar en este mundo»

Podríamos habernos negado a ayudarles. Pero no lo hicimos. Porque sabemos también lo que es ignorar a quien te pide ayuda. A responder con la espalda y la mirada apartada. A no estar ahí cuando más lo necesitas. Conocíamos el dolor, y por eso no podíamos infringirlo a otros.

—Lo haremos —contestamos, presionando teclas de comunicadores, gesticulando con la mano y apuntando a nuestros tableros con imágenes y abecedarios—. Lo haremos. Lo haremos. Lo haremos.

Así es como comenzó nuestra marcha hasta el epicentro de la invasión, donde la seta del prototaxite más grande se alzaba como un faro sin luz. Un dedo de cientos de metros que seguía creciendo y creciendo junto a sus hermanas prehistóricas.

Caminamos juntos en silencio. Muchos de nosotros íbamos acompañados de padres, familiares o amigos, tomándonos del brazo para guiarnos en nuestros pasos. Varios íbamos solos, tapándonos los oídos con las palmas de las manos aunque la ciudad estuviera callada. Unos íbamos en sillas y camas con ruedas, empujados por nuestros propios dedos o nuestros guardianes. Y algunos marchábamos al frente de todos, dispuestos a ser los primeros en contactar con el hongo y proteger a nuestros hermanos y hermanas si el peligro emergía del suelo.

Aquel día las calles de la ciudad pertenecían a los dueños del silencio. Al prototaxite y a los no-verbales. A los hongos y a los humanos que no blandían la palabra en sus labios. Aquel día las calles se llenaron con nuestra muda presencia. La misma que siempre han intentado esconder los que saben hablar por nosotros. Los que han decidido por nosotros sin intentar escucharnos.

Nos unimos de los brazos como una cadena irrompible y pensamos lo mismo: qué bien sienta que nadie te esconda.

Llegamos a los pies del prototaxite central. Era el gigante visible que se alzaba para darnos la bienvenida, rodeado de todas sus hermanas setas que seguían creciendo a nuestro alrededor y cambiaban para siempre el paisaje de la ciudad. Nos acercamos con nuestros cuerpos mudos y tocamos la carne lisa y rígida de la prehistórica seta. Y lo volvimos a sentir: esas pulsaciones eléctricas que estremecían nuestras pieles como árboles tocados por un rayo.

Un temblor largo. Un silencio corto. Tres estremecimientos rápidos.

No cabía la menor duda: nos estaba transmitiendo un mensaje.

Y sin esperar un solo instante, comenzamos a sacar nuestras herramientas de comunicación: tablets con teclados predictivos, ordenadores con pequeños altavoces, carteles de papel con el abecedario dibujado, agendas en espiral con decenas de pictogramas e imágenes, o nuestras propias manos desnudas que hablaban el mismo lenguaje del silencio.

Entre todos fuimos descifrando el mensaje del prototaxite. Escuchando y sintiendo cada temblor como si fuese nuestro mismo cuerpo, agitándonos con cada uno de sus movimientos que podía transmitir tanto con tan poco. Compartimos palabras escritas o dictadas por los altavoces de los dispositivos. Componiendo secuencias a través de combinaciones de imágenes para poco a poco descubrir lo que el prototaxite nos quería comunicar.

Y mientras estábamos concentrados en nuestra tarea de traducción, el mundo observaba a través de las cámaras que cargábamos. Todos contemplaban a los que muchos trataban como invisibles. A los que portaban cien nombres pero ninguno sinónimo de útil. Nos miraban con las manos apretadas, deseando que nos deshiciéramos del hongo que estaba destruyendo su mundo. Deseando poder volver a sus hogares normales de palabras normales de personas… normales.

—Los prototaxites se alimentaban de los cadáveres de otros seres vivos —comenzó a decir la voz eléctrica de nuestro hermano, de aquel primero que mostró interés y conocimiento de las setas desde que tenía uso de razón. Y nosotros le escuchamos como quien escucha a un profeta hablar mientras nuestros cuerpos seguían traduciendo al coloso antiguo—. Fue de los primeros hongos de la historia que podía descomponer materia orgánica muerta. Sin el prototaxite no habría existido tierra fértil donde pudieran nacer las plantas, ni los insectos, ni los vertebrados. Creó vida a partir de la muerte.

Movíamos la cabeza en todas las direcciones al escuchar el mensaje de nuestro hermano, sintiendo cada sílaba anunciada aumentar nuestro entendimiento del hongo que se alzaba ante nosotros. Vida a partir de la muerte. Conocíamos bien esa frase. Nosotros, a quienes tanto han deseado la muerte y nos la han dado en contra de nuestra voluntad. Somos la vida que ha prevalecido. Vida a partir de la muerte. Significado a partir del silencio.

—¿Cómo se extinguieron? —preguntamos a nuestro hermano, temerosos de una respuesta que ya predecíamos.

—Se teoriza que fueron devorados por otros seres vivos —comenzó a decir, e incluso en su voz digital se podía sentir su dolor—. Se extinguieron ante los mismos seres por los que se habían sacrificado para que pudieran vivir bajo una tierra fértil. Insectos millones de veces más pequeños que él devoraron su cuerpo hasta hacerlo desaparecer. Raíces de plantas recién formadas se apoderaron de los micelios del hongo del que habían aprendido a tomar nutrientes. El prototaxite no pudo hacer nada contra ellos y acabó desapareciendo de la faz de la t[3] Tierra.

Una profunda tristeza se apoderó de nosotros. Muchos comenzamos a derramar lágrimas que empaparon nuestros rostros, ropa y comunicadores. Algunos nos tapamos los oídos, pero el mensaje ya había invadido nuestra mente.

La historia se seguía repitiendo. El que no habla es silenciado. El que no puede defenderse es conquistado. El que no actúa es ignorado.

Vida a partir de la muerte.

La tristeza del prototaxite era la nuestra. La misma que hemos experimentado en toda nuestra existencia. Él era un pionero del trabajo silencioso que fue extinguido por los mismos a los que había abierto el camino. ¿Pues qué es el lenguaje hablado sino una extensión natural del corporal? ¿Qué es una palabra sino un gesto hecho sonido? ¿Qué es el lenguaje sino una traducción directa de lo que han dicho nuestros cuerpos desde que existimos?

Éramos lo mismo. Éramos lo mismo. Éramos lo mismo.

—¿Podréis conseguir que se marche el hongo? —dijo una voz a través de las cámaras que nos habían hecho portar. Su tono era de urgencia, de desesperación, de ira. No nos gustaba aquella voz—. ¿Ya habéis entendido qué es lo que quiere y cómo podemos hacer que desaparezca?

Queríamos ignorar aquella voz. Dejarla incómoda en nuestro silencio hasta que se marchara. Nos molestaba cómo nos hablaba, con ese tono condescendiente que tanto nos quemaba la piel. Pero nuestros cuerpos contestaban como un relámpago, incapaces de controlar lo que podíamos o queríamos decirle. Éramos voces mudas sin filtros.

El cuerpo no puede mentir.

—Necesitamos más información —dijo nuestro hermano que estaba al frente de toda la operación—. Solo con la seta exterior no es suficiente para entender al prototaxite. Debemos llegar más profundo. Debemos ir a los micelios.

Con las manos desnudas levantamos los fragmentos de hormigón para revelar el suelo que no había visto la luz del sol desde hacía décadas. Era un suelo gris, falto de nutrientes, tapado sin posibilidad de que nada creciera. Pero ahí abajo, tras escarbar con los dedos, nos encontramos con el hongo. Con su verdadero cuerpo. Porque lo que emergió del suelo solo era su parte visible. Lo que realmente importaba era lo que estaba escondido, oculto, en espera de ser revelado.

Millones de finos hilos blancos como canas se extendían por toda la tierra. Micelios antiguos que se movían en una búsqueda despertada tras millones de años extinguido. Era como ver una maraña de cables vivos. Una red orgánica conectada en cada milímetro con un único objetivo. ¿Cuál? Eso era lo que íbamos a averiguar.

Una vez más colocamos nuestras manos sobre el manto de micelios. Y esta vez lo pudimos sentir alto y claro: impulsos que eran mensajes, temblores que eran pura comunicación.

—Algunos estudios han demostrado que los hongos tienen su propio lenguaje —siguió diciendo nuestro hermano mientras sumergía la mano en la blancura—. Que a través de impulsos eléctricos en sus micelios mandan mensajes de señales químicas. Palabras sencillas que viajan a través de los filamentos que hilan la tierra. Según algunos estudios, su lenguaje podría tener hasta cincuenta palabras diferentes para comunicarse.

Cincuenta palabras. Para algunos de nosotros, que hemos tenido que luchar toda nuestra vida para aprender a comunicarnos con los demás, para hacer visible lo invisible, era un número admirablemente infinito. Para los que hemos sido agitados, acusados y golpeados por los que no nos entendían, cincuenta palabras era la diferencia entre ser ignorados y aceptados. Entre ser dignos de la vida, o de recibir una muerte ocultada.

¿Cuánto habrán tenido que luchar también los hongos para conseguir ese puñado de palabras? ¿Cuántos millones de años para romper su propio silencio evolutivo, para dejar que sus cuerpos no les traicionaran y pudieran compartir su mudo mensaje?

—Ya lo tengo —dijo una de nuestras hermanas, saltando de alegría por su descubrimiento, su pelo flotando en el aire con cada brinco—. Cada vibración es modular. No son impulsos y silencios como sentíamos al principio, sino armonías que se van conectando entre ellas. Mirad.

Nuestras manos lo sintieron de inmediato. Era tal como decía nuestra hermana: las pulsaciones eléctricas eran una armonía que fluctuaba en suaves caídas y bajadas de intensidad en nuestras palmas. El prototaxite se estaba comunicando con nosotros, y ahora que entendíamos mejor su método, solo debíamos sentir su pulsación y escuchar el silencio.

Y escuchamos, y escuchamos y escuchamos.

—La primera palabra es un verbo —dijimos al unísono, tras horas de escuchar y observar los cambios en el hongo—. Mirad cómo aumenta a nuestro alrededor, tanto hacia arriba como hacia abajo mientras repite la misma fluctuación.

Su cuerpo no podía mentir. El primer verbo era crecer.

Una vez descubierta la primera palabra, el resto fue como tirar de un mismo hilo. Estaban todas conectadas en las vibraciones modulares que oscilaban con sus mudas palabras. Palabras que se mezclaban en un solo ritmo que parecía caótico e impredecible al principio, pero que luego se convertían en un mismo latido bajo nuestras pieles. Nosotros, acostumbrados a comunicarnos de maneras diferentes a las que se nos había forzado, estábamos siendo testigos de un arcano maestro que creó el primer lenguaje de todos.

—Todo son verbos —seguimos diciendo, apuntando en nuestros comunicadores de plástico y de papel cada palabra que descubríamos—. El prototaxite se comunica solo con acciones.

Explotamos en un aluvión de reacciones. Nuestros cuidadores y el resto del mundo, que escuchaba cada uno de nuestros descubrimientos con atónitas expresiones, se asustaron por los gritos y los saltos y las palmadas. Se asustaron por nuestras risas, sin filtros ni miedos, que dominaban la ciudad conquistada por el hongo primigenio.

Qué felices estábamos por entender la broma. Qué alegría nos invadió por comprender la ironía y el destino de este encuentro.

Para nosotros, a quienes llamaban no-verbales, este hongo era todo-verbal. El prototaxite hablaba solo a través de sus actos, de los verbos que recorrían sus micelios y sus altas setas que atravesaban los cielos. Sus palabras eran acciones, y sus acciones sus palabras. Su lenguaje infinito era todo verbo manifestado sobre el mundo y bajo él.

Y nosotros, los que no se nos ha denegado los verbos y las acciones sobre el mundo, nos reímos hasta que nos dolieron los estómagos y las gargantas. Pues aquí estaba un hongo extinguido hace millones de años dándonos una lección.

Tus acciones son más importantes que las palabras.

—¿Qué está diciendo? —preguntó la misma voz a través del micrófono, cansada ya de esperar—. ¡Decidnos ya de una vez qué es lo que quiere el hongo!

—Escuchar —dijimos al unísono. Y aquella palabra era orden y a la vez traducción. Habíamos comenzado a transmitir lo que el hongo nos estaba diciendo a través de sus vibraciones. A través de sus acciones. A través de sus silencios.

Esto fue lo que escuchamos y transmitimos y sentimos:

NACER. MOVER. COMER. COMER. COMER. CRECER. CRECER. COMER. CRECER. COMER. CRECER. REPRODUCIR. COMER. CRECER. REPRODUCIR. COMER. CRECER. REPRODUCIR. CRECER. CRECER. CRECER. CRECER. PARAR. ESCUCHAR. ESCUCHAR. ESCUCHAR. SUFRIR. HUIR. SUFRIR. HUIR. PARAR. SUFRIR. PARAR. SUFRIR. PARAR. MOVER. SUFRIR. MOVER. SUFRIR. MORIR. SUFRIR. MORIR. MORIR. MORIR. MORIR. MORIR. MORIR. MORIR. MORIR. MORIR. MORIR. MORIR. MORIR. MORIR. MORIR. MORIR. MORIR. MORIR. ESCUCHAR. ESCUCHAR. ESCUCHAR. NACER. COMER. MOVER. COMER. COMER. COMER. COMER. ESCUCHAR. COMER. ESCUCHAR. REPRODUCIR.

ESCUCHAR. ESCUCHAR. ESCUCHAR.

Sus verbos no podían haber sido más claros para nosotros: esta era la historia de un superviviente que solo quería ser escuchado. Esta era la historia de un ser que tuvo que permanecer oculto millones de años para sobrevivir bajo su propio silencio. Pero ahora había vuelto, hambriento de ser escuchado por aquellos que le habían intentado extinguir y de volver al mundo al que siempre ha pertenecido.

Quería crecer, y nosotros estábamos aquí para ayudarle.

—¿A qué estáis esperando? —siguió la voz a través de los altavoces, incapaz de comprender la traducción que le acabábamos de regalar—. Decidnos cómo podemos destruir al hongo y recuperar nuestra ciudad.

Sin responder una sola palabra a la voz de los militares y científicos, nos desperdigamos por las calles quebradas en búsqueda de nuestra verdadera respuesta. Porque si el prototaxite nos había hablado en verbos, nosotros también debíamos hacer lo mismo. Si las palabras ya no eran suficientes, entonces debíamos blandir nuestros actos a través de nuestros cuerpos mudos.

Recorrimos las tiendas colapsadas de la ciudad en busca de alimento para el hongo: frutas podridas que nadie había podido recoger de los mercados, hojas secas de los árboles caídos, cadáveres de los animales que no pudieron sobrevivir al emerger del prototaxite. Tomamos todo lo que pudimos con estos cuerpos que nos traicionan y nos liberan al mismo tiempo, y lo volcamos sobre el suelo expuesto de micelios y blancura.

—¿Qué estáis haciendo? ¿Estáis locos? —nos gritó la voz desde la distancia de su refugio—. ¡Eso no es lo que os hemos ordenado!

Por supuesto que no es lo que nos habían ordenado. Porque toda nuestra vida nos han obligado a que hablemos como los demás y no lo hemos hecho. Nos han ordenado ser normales y no lo hemos sido. Nos han ordenado dejar de existir y aquí seguimos vivos.

No dejaremos que silencien nuestros cuerpos. No dejaremos que silencien nuestros verbos.

El prototaxite se estremeció por la gran cantidad de alimento que había recibido de golpe. Para él, que había estado escondido y hambriento durante tanto tiempo, fue un festín que devoró con un agradecimiento incontrolable. Las finas hebras blancas de sus micelios absorbían cada centímetro de nutrientes para seguir creciendo. Pero esta vez no para continuar su misión de rasgar el cielo y la tierra, sino para expandir sus verbos por el mundo.

—Ahí está —señaló nuestro hermano, el primero en descubrir el prototaxite, el primero en escuchar—. Ya están emergiendo sus esporas.

El cuerpo de la seta, que antes solo tenía la forma de un tronco liso y oscuro, comenzó a formar protuberancias en forma de piñas que se llenaron de millones de esferas cargadas de nueva vida. De promesas de cuerpos que crecerían para ser escuchados. De seres que hablarían a través de sus acciones y actuarían a través de sus palabras.

Y cuando los sacos de esporas del prototaxite se hincharon al límite, cuando ya no podían contener más su conexión con el cuerpo central del hongo, explotaron. Y el cielo se llenó de una lluvia de esporas, todas del color de la miel, del color de un nuevo verbo y de un nuevo mundo.

Danzamos bañados por las esporas, gritando, saltando, aleteando junto a ellas. Si la voz de los militares nos estaba hablando, ya no la escuchábamos. Porque todos nosotros habíamos apagado los altavoces, libres para mover nuestros cuerpos y ayudar a las esporas a llegar a cada rincón del mundo.

Este será el nuevo mundo que erigirán los que guardan en sus gargantas los verbos de los hongos. Este será el nuevo mundo donde los que no tienen voz serán escuchados y jamás ocultados.

Y con estos cuerpos mudos que hemos aprendido a amar, gritamos en el lenguaje de los hongos la plegaría para este nuevo y bello mundo de micelios, setas, esporas y verbos:

NACER.

CRECER.

ESCUCHAR.

AMAR.

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