por Oct 1, 2020

Serpiente blanca, oscura soledad

Ilustración de Meg Gandy

Un hombre se muere solo sin nadie a quien aferrarse. Un hombre se muere solo sin nadie a quien otorgar su último aliento. Su cuerpo rígido en dolor yace en el suelo de una cueva de Islandia. Solo él conoce el paradero de su profunda tumba.

La melodía de las rocas, el agua y la oscuridad le abrazan. Son su única compañía. Su único consuelo.

¿Acaso no se había encontrado con el amor? Sí, pero no tuvo el valor de conocerlo.

Solo le quedaba devolver a la tierra su cuerpo y nombre. Así se lo había dado, así lo iba a devolver.

Pero cuando su frágil recipiente de vida etérea llegó a su final, el hombre gritó desde lo más profundo de su ser.

“¡No quiero morir solo!”

Y aquella tierra antigua que era Islandia le escuchó.

De entre las rocas un destello blanco captó la atención del moribundo. Un huevo invocado por su grito desesperado.

El hombre supo que su tierra se había apiadado de él y que debía apresurarse. Sus manos temblorosas recogieron el pequeño huevo y lo llevó a la boca para ser ingerido. El último gran esfuerzo.

Los dioses nacen en la soledad.

En cuanto su espíritu se apagó, el huevo llegó al estómago para eclosionar en infinitos pedazos de pureza.

La serpiente blanca miró por primera vez la oscuridad, y supo que aquel sería su eterno hogar.

Y la serpiente vivió para siempre entre el cadáver de su dios solitario. Aferrado a sus huesos, carne y pelo. Otorgándole su eterno aliento bífido.

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