por Oct 1, 2020

La costilla del último hombre

La costilla de Adán

Dicen que Dios arrancó una costilla a Adán, el primer ser humano, para crear a la mujer. Pero esto no es cierto. Solo yo sé realmente lo que hizo con ese hueso de origen divino.

Dios creó el Mc Rib con esa costilla, pues sólo una carne de directa conexión con lo celestial puede ser tan sabrosa y jugosa.

“Salsa eres” sopló Dios en la boca de Adán, insuflándole de la más deliciosa vida. “Y en salsa te convertirás.”

Aún recuerdo la primera vez que probé aquel manjar. ¿Cómo no volver recurrentemente a aquella primera vez en donde estuve en contacto directo con lo celestial? Aquello no era simplemente comida; era la ambrosia de los griegos; el néctar de los hindúes; el maná caído del cielo. Era junio del año mil novecientos ochenta y uno, y mi padre conducía su traqueteante furgoneta cuando mi estómago rugió entre el jaleo de las ruedas y el metal. Mi padre, dándose cuenta de aquel nuevo sonido, asintió sin dejar de mirar la carretera y se detuvo en el McDonald’s más cercano.

“¿Tenéis alguna hamburguesa nueva?” preguntó mi padre a través de la ventanilla. Yo no podía ver quién estaba detrás, era demasiado pequeño para asomarme desde mi asiento.

“Sí, la McRib, la hamburguesa de costilla” dijo una voz, que bien podría haber sido la del ángel Gabriel trayendo las buenas nuevas.

Mi padre, que era un hombre que nunca se complicaba a la hora de comer, pidió dos de esos menús Mc Ribs. Y como por arte de magia, las palabras se hicieron carne.

Suave, dulce y esponjosa carne.

“Y Dios vio el Mcrib que había hecho, y he aquí que todo estaba bien.”

Mi mente era incapaz de comprender lo que estaba pasando en la boca. La carne se deshacía entre mares de salsa oscura que invadía cada célula de mis papilas gustativas con visiones del cielo. Sin darme cuenta, mis mejillas estaban húmedas. Sin darme cuenta, me acabé aquel manjar como si nunca antes hubiera comido en mi vida.

“¿Has rezado antes de comer?” preguntó mi padre, el cual apenas le había dado dos bocados a su hamburguesa.

“No hace falta bendecir lo que ya está bendito” contesté seriamente. “¿Te vas a acabar eso?”

A partir de mi experiencia trascendental nace la imperiosa necesidad de seguir conectado a aquella fuente divina. El arco dorado era mi templo, y el Mc Rib mi consagración diaria. No había día en que no forzara a mi padre a ir al McDonald’s a comprarme un menú. No era una cuestión de capricho: era una necesidad. Pronto dejé de comer cualquier otra cosa que no fuese un McRib. Si lo intentaba, mi cuerpo lo rechazaba en una lluvia de vómito y bilis. Para no morir de hambre, mi padre siguió comprando el sagrado sustento que alimentaba mi cuerpo y mi alma.

Bendito seas, oh primer hijo del hombre, cuya costilla me regala el sustento para una vida eterna.

Pero mi júbilo murió en el año mil novecientos ochenta y cinco, apenas cuatro años después de mi primer contacto. Sin previo aviso, la gran M anunció que retiraría el McRib de su menú, abandonándome entre mis gritos de súplica ante el pobre desgraciado que trabajaba en el lugar de culto. Todos sabían de mi necesidad. Todos lloraron conmigo.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” sollocé entre las ropas de mi ángel mensajero. Si hubiera sabido que te marcharías habría guardado un divino trozo de ti.

Fueron años sin luz los que tuve que soportar. Perdí peso hasta quedarme en los huesos, dejando un hueco en mí en forma ovalada que ninguna otra hamburguesa podía reemplazar. Nada puede sustituir al primer amor.

“Y dijo Dios: Hágase el McRib; y el McRib se hizo. Y vio Dios que el McRib era bueno; y separó Dios el McRib de las tinieblas.”

Como Lázaro de Betania, en mil novecientos ochenta y nueve retorné de entre los muertos ante una cegadora luz. En la televisión anunciaban el regreso de un ser amado, alguien que jamás había olvidado y anhelaba con locura. En mil novecientos ochenta y nueve, regresó el Mc Rib.

Mi cuerpo se movió solo, elevándose en el aire para volar hacía el templo más cercano, donde devoré sin ningún tipo de control más de diez de las sagradas comuniones.  

“Pues no sólo de la palabra de Dios vive el hombre, sino de todo Mc Rib que sale de las manos de Dios.”

Pero misteriosos son los caminos del señor, y después de unos años, como las apariciones de la Virgen María, la sagrada hamburguesa volvió a desaparecer entre las sombras para sólo retornar temporalmente en lugares y momentos diferentes. ¡Oh el capricho de la divinidad, que me pones a prueba para demostrar mi amor y lealtad?

Durante los siguientes treinta años he realizado la gran búsqueda del Santo Grial, recorriendo todo el país para localizar y consumir cualquier Mc Rib que se manifieste. Cualquier esfuerzo es poco para poder reconectarme con el paraíso.

“Sabes que no están hechos de costillas de verdad, ¿no? Mira, es sólo un trozo de carne picada de cerdo en forma de costilla” me intentaba decir mi novia en aquel momento. Ella no creía como yo. No entendía lo qué significaba para mí.

Pero estaba lejos de estar sólo en mi búsqueda, pues con los años se formó el culto a la hamburguesa mesiánica. Los avistadores de OVNIS nos tenían envidia, ya querrían ellos tener esta dedicación. Estamos por todas partes, siempre en contacto para avisar al resto de nuestros hermanos de cualquier rumor o avistamiento del amado McRib.

“Estás enfermo” dijo mi novia antes de marcharse por la puerta de mi furgoneta.

No puedes explicarle a alguien una experiencia con Dios. Pero pronto lo entendería por su propia boca.

¡Oh Mc Rib, oh Mc Rib, Oh Mc Rib! Tu panecillo de sésamo es la constelación que mostraste a Abraham en la noche. Tus pepinillos y cebolla son el fruto de la tierra labrada, el sacrificio de Caín aceptado entre lágrimas agrias. Tu salsa es la sangre de los victoriosos y los derrotados, a todos aplacas y acoges por igual. Y tu carne, oh tu carne es el más enaltecido arte que guarda los secretos sólo revelados por tu gracia.

En las costillas se guardan todos los secretos del alma. Esos doce pares de huesos protegen el corazón, son el tabernáculo donde mora lo más alto. Y por ello su carne es tan especial. Cada fibra de músculo se empapa del aliento de Dios guardado en nuestros pulmones. Cada célula de la costilla se embriaga de la sangre que late llena de vida.

“Necesitas ayuda profesional” me escribió mi novia, lejos de mi para no ser testigo de mi enaltecida presencia. Todavía no lo entendía, pero pronto lo haría.

El apocalipsis nunca anuncia su llegada. Viene como ladrón en la noche y nos roba y deprava de todo lo que creemos necesario. Nos desnuda y nos tumba a todos en la misma posición, sin clase ni estrato que nos diferencie en nuestros agujeros. El apocalipsis nunca anuncia su llegada. Cuarenta años después de haber comido mi primer Mc Rib, llegó el momento de comerme el último.

En el búnker nuclear todos pasamos hambre por igual. La esperanza murió tiempo atrás con la última lata de comida. Ya solamente quedaba esperar.

El rugir de un estómago llama mi atención. Es mi exnovia que por juegos del destino ha acabado en mi mismo lugar. Aquel anhelo de hambre me recuerda a mí en el coche de mi padre. Me recuerda a mí antes de experimentar a Dios por primera vez.

Noto un dolor en un costado. Me llevo los dedos al pecho y siento mis huesos arder ante el hambre de los que tengo delante. El corazón me late con fuerza, pues intuye lo que debe hacer. Una visión aparece ante mí. Una de sacrificio absoluto ante la adversidad más despiadada.

Jesús de Nazaret cuelga de la cruz del Gólgota, aguantando lo que ningún hombre debería aguantar. Impacientes por su muerte, los romanos deciden que el espectáculo no debe continuar tanto tiempo. El soldado llamado Lóngino agarra su lanza y la clava entre las costillas del crucificado, atravesándole carne y hueso hasta llegar al corazón.

Pero lo que veo manar de entre sus costillas no es sangre. Es un líquido espeso y marrón. Es salsa barbacoa. El nazareno me sonríe y su boca dibuja un arco dorado perfecto.

Despierto de mi visión sabiendo lo que debo hacer.

Me levanto con decisión y agarro un cuchillo que no ha sido usado en semanas. Los demás supervivientes me miran sin entender qué estoy haciendo.

“Yo soy el McRib vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, salsa barbacoa, pepinillos y cebolla, vivirá para siempre; y el Mcrib que yo os daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo” proclamo con fuerza, mi voz resonando en el búnker que ahora será catedral.

En mi mano el cuchillo no tiene ninguna duda. Perfora mi costado y rasga la carne y el hueso de mis costillas. De mi herida la sangre mana en un río incontenible de amor hacia aquel al que se lo he dado todo. Mis compañeros supervivientes me miran horrorizados, pero permanecen inmóviles, porque saben que son testigos de un milagro.

Soy descendiente del primer hombre cuya costilla fue arrancada para crear el McRib.

Soy descendiente del Cristo, cuya herida en la costilla confirmó su sagrado linaje.

Soy el último hombre, cuyas costillas serán materia prima de los últimos McRibs. ¿Quién mejor que yo, que he comido lo sagrado durante toda mi vida, para dar de comer a los últimos que quedan?

De un sonoro crujido, mi costilla es separada de mi cuerpo. La veo en mi mano, llena de carne y salsa, lista para ser consumida en sagrada comunión.

“En verdad os digo, si no coméis la carne del hijo del hombre y bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” digo ante los míos, sonriendo sin percatarme del dolor.

Oigo los estómagos rugir de nuevo. Pero esta vez hay sustento con el que aplacar el hambre. Los últimos supervivientes lloran agradecidos, pues esta noche comerán y serán bendecidos.

“Señor, bendice estos alimentos que van a comer. Amén.”

McRib
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2 Comentarios

  1. Avatar

    releeré la costilla del ultimo hombre, me impregné de amor

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    • Daniel Badosa

      Esteban, me alegro mucho de que te haya gustado la historia corta, muchas gracias por tu comentario. Tengo planeado publicar más en la web, con suerte dentro de poco. ¡Espero que también las disfrutes!

      Responder

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