por Ene 26, 2021

El Dios de los Agujeros

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A Álamo de la Gama siempre le había gustado mirar a través de los agujeros. Y ahora que era el Sumo Pontífice de Roma no pensaba dejar de hacerlo.

Los demás cardenales se levantaron para aplaudir a Álamo tras el recuento de votos finales. Pero él salamanqués ni se dio cuenta de que había sido elegido. Estaba absorto mirando su anillo hueco. En donde debía haber una piedra preciosa para marcar su estatus en el clero sólo quedaba una obvia oquedad. Muchos lo interpretaron como una muestra de humildad, pero nada más lejos de la realidad: había creado ese agujero para acordarse de dónde venía y hacía donde debía dirigirse.

Cuando era pequeño Álamo de la Gama miró a través de un agujero de su casa y espió a sus padres haciendo el amor. Unas horas antes eran una tormenta de gritos y golpes. Sentía miedo de sus padres. Pero cuando les vio a través del agujero el mundo parecía haber sido transformado.

Su mirada infantil no entendió los serpenteantes movimientos que estaba mirando. Pero la comprensión llegó súbitamente en el momento en que ambos llegaron al clímax final, invocando con absoluta certeza el nombre del Altísimo.

“¡Dios, Dios, Dios!”

Sus padres no eran creyentes. Colocaban crucifijos pero era por cuestiones estéticas. Adornos culturales baratos de encontrar. Sus padres no le habían inculcado ninguna creencia, ni siquiera en sí mismo.

Cristo, colgado en la pared, miraba desde las alturas a los padres de Álamo hacer el amor.

En aquel momento de exaltación, Álamo de la Gama comprendió perfectamente quién era Dios: aquel que llena el vacío del agujero dejado por Él mismo.  

El humo blanco emerge de la Capilla Sixtina entre estruendosos aplausos. El mundo le espera y él sale de entre las cortinas para encontrarse con los que va a servir hasta el fin de sus días.

“Es como nacer de nuevo” dice Álamo de la Gama, antes de dejar atrás su antiguo nombre. “Nacemos del agujero más sagrado que es el de la vida de nuestra madre, y ahora yo nazco de otro agujero sagrado que es esta Capilla.”

Constantino II se revela de entre las cortinas para cruzar el último umbral y ser transformado en  el Vicario de Cristo, el sucesor de San Pedro, el Sumo Pontifice, el siervo de siervos.

Podían llamarle por diez mil nombres. Pero Constantino II sólo respondería al auténtico y único Dios: el de los agujeros.

El antes conocido como Álamo de la Gama  se unió a un convento de la orden de San Jerónimo para sumergirse en sus estudios y disciplina. Y uno de sus trabajos era la recolección de miel y la cría de abejas.

“Estas abejas nos dan alimento. Cubren sus necesidades a la vez que las nuestras”, le contó uno de sus hermanos a la vez que sacaba uno de los panales a rebosar del dorado líquido.

Álamo de la Gama  recuerda mirar con intensidad los agujeros del panal. Sus perfectas figuras hexagonales brillaban como pequeños amaneceres. La miel llenaba esos agujeros con tal perfección que no pudo contener sus lágrimas.

La unión mística con Dios llegó al convento mucho antes de lo esperado.

“Nunca hemos entendido cuál es el problema con el concepto del ‘Dios de los huecos” empezó diciendo Constantino II en una de sus cónclaves. Los cardenales le escuchaban con atención y miedo. Habían aprendido a temer los largos y extraños sermones de su nuevo Papa.

“Los científicos y ateos llaman ‘Dios de los huecos’ a una manera de confrontar las incertidumbres del mundo. Ellos dicen que los creyentes usamos a Dios para rellenar todos aquellos huecos o problemas  que somos incapaces de explicar. Según su concepto, un Dios de los huecos no debe existir. Deberíamos buscar las respuestas de una manera racional.”

Los cardenales asintieron en silencio, pero nadie entendía hacía donde se dirigía el discurso.

“Pero yo os digo que no hay nada malo en un Dios de los huecos. Porque Él nos hizo a su imagen y semejanza, y si Él tiene agujeros es para que nosotros podamos entrar en sus oquedades. Y nuestros huecos serán llenados por Él.”

La visión de sus padres haciendo el amor a través del agujero de la pared llenó sus recuerdos.

“El mundo está lleno de agujeros. Y es el trabajo de la Santa Madre Iglesia llenarlos con la presencia de Dios. Allí donde haya un hueco, estaremos nosotros.”

Los medios y las redes tuvieron un festín de noticias durante muchas semanas. Los chistes y las  burlas ante la evidente broma de “llenar los agujeros” estaban a la orden del día. Muchos también se lo tomaron como un insulto directo a todos los innombrables abusos cometidos por el alto clero.

“¿A esto se refería la Iglesia con llenar los huecos? ¿Esa era vuestra excusa para violar a niños?” le preguntó un hombre furioso en mitad de la muchedumbre. Constantino II, manteniendo la compostura, hizo un movimiento con su mano enguantada y permitió que se acercara el hombre al hueco del respirador.

“Dios no estaba ahí” le susurró el Papa. “No fue Dios lo que llenó aquel hueco. Nunca lo hizo y nunca lo hará. Os doy mi palabra de que no lo permitiré de nuevo.”

Una de las cosas que más amaba de ser sacerdote era el confesionario. Era un lugar mágico donde entraban pecadores y salían perdonados. Sin duda alguna, uno de los mejores inventos católicos.

“Cuéntame tus pecados, hermano mío”.

A través de esa íntima rejilla de minúsculos agujeros podía morar Dios. Ese era Su increíble poder. Su gracia se filtraba por ellos para dividirse y perdonar cada célula, cada átomo, cada infinitesimal partícula del alma invisible de los que acudían a Él.

Ellos venían porque necesitaban ser llenados con el perdón. Para los pecadores era inaguantable el cargar con aquella oquedad, con ese vacío angustioso que les recordaba los crímenes del alma que habían cometido.

“Tus pecados han sido perdonados” decía Álamo de la Gama, a lo que siempre añadía lo siguiente. “Ahora ve y llena los agujeros de los demás para poder cubrir el tuyo.”

Los rumores de la tripofilia[1] del Papa Constantino II eran imparables. Y cada vez que se descubría nueva información de su pasado el rumor sólo se avivaba con más fuerza.

Dejó de ser un chismorreo y se acabó convirtiendo en una verdad canónica. Y fue el propio Papa quien bendijo la revelación.

“Pues claro que sentimos una atracción por los agujeros” dijo enfrente de todos los medios, recibiendo una lluvia de intermitentes luces. “No vamos a ocultar lo que amamos. Somos una religión basada en los agujeros y es lo que debemos seguir siendo.”

No mucho después de su comunicado, los cardenales se reunieron para encontrar la manera de quitarse de encima al extraño Papa. No podían tener a un perturbado que se excitara con los agujeros en el trono de San Pedro.

“¿Es que nadie ha revisado bien su pasado?” gritó uno de los cardenales.

“No había ninguna mención de su filia. Es como si hubiera tapado sus propias huellas” contestó otro con la voz temblando, dándose cuenta de lo que acababa de decir. Los demás no se percataron.

“¿Con quién llenaremos el hueco que dejará este Papa?” dijo otro. Y esta vez todos escucharon horrorizados, pues se habían dado cuenta de lo que significaba aquella determinada construcción de palabras.

Ya era demasiado tarde. El Papa les había influenciado con su Dios de los agujeros. No podían tapar un hueco donde él ya lo había llenado.

Constantino II miraba boca abajo al Cristo colgado de la pared. Estaba tumbado en su cama, y al alzar la mirada podía encontrarse con la de su maestro observándole, invertido desde las alturas.

“¿Es así como te vio San Pedro cuando le crucificaron boca abajo?” preguntó el Papa en voz alta. Pero sabía que no conseguiría una respuesta. La visión invertida era una que encontró el padre de la Iglesia, no él.

Constantino II sabía dónde encontrar a su Dios.

Siempre le había gustado mirar a través de los agujeros.

Se levantó ceremonialmente de su cama y miró al Cristo de frente. Dibujó una cruz en su pecho con el decidido movimiento de sus manos y cerró los ojos, pidiendo permiso por lo que iba a hacer.

La mano de Constantino II agarró el clavo de la mano derecha de Jesús de Nazaret. Sintió el frío tacto del despiadado metal. Llevaba demasiado tiempo colgado. Usando sus uñas fue quitando poco a poco el profundo metal hasta sacarlo, dejando visible el agujero dejado en la palma de su mano.

El Papa de la Santa Iglesia miró a través del agujero del contador de historias más grandes que ha habido y habrá jamás.

Al otro lado estaba el cielo del Gólgota, teñido por el filtro de la sangre del nazareno. Pero Constantino II podía ver lo suficiente. Podía ver a los discípulos llorar en la lejanía, tapándose sus rostros para no contemplar el horror de la humanidad. Giró un poco la mirada y se encontró con otro crucificado, cuyo rostro era también sangrante pero plácido.

“Cecidit autem clavus. Posuit eam[2]” escuchó decir a alguien. Dos soldados romanos se acercaron con un clavo manchado de carmesí y lo pusieron de vuelta en el agujero que le correspondía.

Constantino dejó de ver. Pero quería seguir mirando más a través de su Dios.

Esta vez sacó el clavo izquierdo. El cielo del Gólgota era de un rojo más oscuro y coagulado. Había pasado más tiempo. Giró su pequeña mirada y vio al otro ladrón, el que tenía una expresión de sufrimiento en su cara, más acorde a su castigo. 

Qué extraña se veía Jerusalén en la distancia. La ciudad no había cambiado por fuera, pero el Papa la sentía más real y auténtica que la que había pisado él mismo en su peregrinaje.

Otra voz en latín, y el agujero fue tapado de nuevo con el clavo del ungido.

El Papa sacó el tercer clavo, el de los pies. Y qué diferente y poderoso era el punto de vista de aquel agujero, pues nada más mirar a través de él se encontró con los llantos de un pequeño grupo que había decidido acompañar al Cristo en su muerte. El primer rostro, el que casi tocaba sus pies, estaba desfigurado por la desesperación, pero las palabras que salían de su boca sonaban a música, a consuelo. Era María, la madre del nazareno. El Papa siempre se maravillaba de su belleza, ninguna pintura jamás capturaría su singularidad. A su lado estaba un hombre que intentaba mantenerse firme pero era incapaz ante tal carnicería: era Juan el discípulo más amado. El resto eran mujeres, las más fuertes, las que amaban con más pasión al Cristo para no abandonarle en su último suspiro.

La voz en latín volvió. El clavo fue retornado. La oscuridad regresó.

Constantino II podría haberse detenido ahí. Había visto más que suficiente. Pero no podía, le impulsaba demasiado su amor por el nazareno. Quería ver a través de él y estar con él en su sufrimiento. Quería llenar un poco de su vacío con el suyo propio, pues todos somos cáscaras del espíritu.

El Papa posó su frente sobre el pecho del Cristo y miró a través de la herida de su pecho, la profunda oquedad dejada por la lanza de Longinos.

Dentro todo era cálida oscuridad y ritmo decaído. Los latidos del crucificado eran lentos compases de lo inevitable. Su hora estaba llegando. Él lo sabía, su cuerpo lo sabía. Y como un trueno tormentoso, la voz del Mesías brotó de entre sus tripas. Qué voz más increíble. Qué voz más desesperadamente auténtica.

“Elohi, Elohi, lema’ šĕbaqtani”[3]

Constantinto II lloró a través del agujero de Cristo, mojando con sus aguas saladas las entrañas de su maestro que preguntaba dónde estaba su Dios.

“HEME AQUÍ” dijo entonces la otra voz que surgió del interior de Jesús. Una que no necesitaba traducción ni presentación. Una que surgía del agujero más profundo. El que lo llena todo y a todos. El que hace latir lo imbatible. El que responde si sabes escuchar.

El Papá gritó en sus aposentos su oración más pura y conocida. La primera que escuchó a través del agujero de su casa y la que siempre seguiría pronunciando hasta que su alma abandonase su cuerpo.

Frente a los agujeros del Cristo dejó que su voz llegara a su maestro, Padre y espíritu santo.

“¡Dios, Dios, Dios!”     


[1] Afición o atracción hacia los agujeros.

[2] En Latín: “El clavo se ha caído. Volved a ponerlo.”

[3] En arameo (la lengua que se cree que hablaba Jesucristo): “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

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