por Ene 26, 2021

El Club del Escondite

El club del escondite

Historia Corta El Club del Escondite Daniel Badosa Terror Miedo

“Aquí es donde ocurrió todo,” me digo a mi mismo en un susurro.

Me adentro en el bosque con cuidadosos pasos y mis palabras contadas. No quiero que nadie más me escuche. Así es como hablo a menudo: en susurros. A escondidas. En frases cortas. No quiero que nadie me escuche. No quiero que nadie me descubra. Así es como he aprendido de él. ¿De quién? De mi amigo James. Aunque en esos terribles años todos acabaríamos llamándole “El Inglés.”

“No se puede encontrar al que desea no ser encontrado,” era lo que nos decía. A menudo. Constantemente. Una y otra vez. Para que no se nos olvidara. Eran sus palabras. Eran sus reglas.

Al principio casi nadie se consideraba amigo del Inglés. Había venido de lejos. De un lugar impronunciable del Reino Unido. De un lugar del que nos burlábamos. Yo me burlaba también. Todo el mundo lo hacía. Él hablaba poco. Él hablaba raro. Nadie le hacía mucho caso. Venía con nosotros porque nos daba pena. Venía con nosotros para no aburrirse.

Pero fue el Inglés quien nos mandó construir la base secreta. Aunque eso fue después del accidente. No. Después del secuestro. No. Después del escondite. Sí. Así lo llamó él.

Intento que mis pasos no hagan ruido. Que no crujan. Que no salpiquen. Mis pasos son fruto del pasado. De la práctica. De los juegos. Del ritual. De las instrucciones de él. Mis pasos seguían siendo sus pasos.

“No se puede encontrar al que no desea ser encontrado.”

Mi madre me recogió antes de que acabara el colegio. Era raro. Inusual. No fui solo yo. Todos los padres y madres vinieron antes de tiempo. Todos estaban preocupados. Algo había pasado. No nos lo querían decir. Todos callaban, asustados de la puntiaguda realidad. No querían que les ocurriera lo mismo. Ni a ellos ni a sus hijos.

Pero los niños nos enteramos de todo. Da igual que nos lo oculten. Somos buscadores de verdades y tejedores de mentiras. Entendemos más de lo que creen. A ellos la verdad les da miedo y por eso la ocultan. Pero nosotros entendemos. Nosotros encontramos porque ellos no saben esconder. No entienden la naturaleza del juego.

James había desaparecido. Hablaban de secuestro. Un hombre de piel pálida y ojos hundidos había aparecido en el pueblo. Un hombre raro, raro, raro. En cuanto desapareció el hombre pálido desapareció también James. La policía empezó a investigar. Y los días pasaron. Y las semanas pasaron. Y las desesperaciones no pasaron.

Todos creímos que el Inglés había muerto. Era el paso lógico. Era el paso normal. Y nosotros seguimos jugando, como si no hubiera pasado nada. Seguimos jugando mientras los padres del Inglés seguían llorando.

“Quizás está jugando al escondite,” dijo uno de mis amigos. Bromeando para ocultar su preocupación. Riendo para no llorar.

“Sí, quizás está jugando al escondite inglés,” continué yo. Y me di cuenta de mi ingenio. Del estúpido juego de palabras. Era un chiste fácil. Tan fácil que a nadie se le ocurrió. La broma se quedó entre nosotros. Dejamos el nombre de James atrás y le empezamos a llamar “El inglés.” Yo no lo sabía, pero había encontrado parte de la verdad. O más bien ella se había revelado ante mí.

“No se puede encontrar al que no desea ser encontrado.”

Pero el Inglés volvió. Estaba vivo. Más vivo que nunca. El que retornó ya no era ese niño incómodo llamado James. Era alguien completamente diferente. Y eso nos aterraba y fascinaba.

“Gané,” fue lo primero que dijo a sus padres al volver. Estaba lleno de barro. Completamente manchado y magullado. Había perdido peso. Estaba en los huesos. Pero sus ojos brillaban entre toda la suciedad. Sus ojos eran soles ardientes. Sus ojos revelaban que había alcanzado una incomprensible iluminación.

“¿Dónde has estado todo este tiempo?” le preguntaron sus padres. Le preguntó la policía. Le preguntamos nosotros, el grupo de amigos que no éramos amigos pero que nos volvimos amigos.

“Escondido.”

El Inglés erigió en este bosque la base secreta. Nuestra base secreta. Hecha de palos y mantas. Hecha de juegos y risas. Hecha de meriendas furtivas. Hecha de infancia regalada. Pero también hecha de felicidad robada.

“Aquí construiremos nuestro escondite perfecto. Aquí el hombre pálido jamás nos encontrará,” dijo el Inglés ante el hueco dejado por los arbustos entrelazados.

Nadie tuvo que preguntar quién era el hombre pálido. La policía todavía no le había encontrado. Estaba a la fuga. Quizás estaba avergonzado de haber sido derrotado por un niño escondido. O quizás tenía miedo del Inglés, igual que lo teníamos nosotros. Pero nuestra devoción era más fuerte que nuestro temor.

“¿Cómo sobreviviste tanto tiempo escondido?” le preguntábamos en nuestro nuevo refugio. Las linternas robadas de nuestros padres iluminaban el interior. Todo era sombras y expectación.

“El que mira donde nadie lo hace ya ha encontrado un escondite,” empezó a decir él, y su voz era música para nuestros oídos. No hablaba como un niño, pero era uno. Nunca habíamos oído a nadie hablar así. Tan decidido. Tan convencido. Tan iluminado. “Un niño siempre se esconderá mejor que un adulto. El poder está en vosotros también. Yo os enseñaré.”

“No se puede encontrar algo que desea no ser encontrado,” fue la primera lección. La más importante. La que más se ha quedado dentro de mi. La que no quiere abandonarme a pesar del imperdonable paso del tiempo.

Mis pisadas se detuvieron. Había llegado a la base secreta. Los arbustos seguían siendo los mismos. Los recordaba mucho más pequeños. Eran gigantescos. Me quedé a lo lejos, incapaz de moverme. Los recuerdos reptaban por mi mente como insectos que acaban de despertar.

Así fue como empezó mi aprendizaje. El mío y el de seis más. No sabíamos lo que estábamos haciendo. Pero seguíamos ciegamente al Inglés porque algo en sus ojos delataba su poder.

Nos enseñó a escondernos entre los arbustos para que no se moviera ni una sola hoja. Nos enseñó a taparnos en el suelo con basura para que pareciéramos parte de ella. Nos enseñó a escalar los árboles y meternos entre sus copas. Nos enseñó a enterrarnos vivos y relajarnos entre la presión. Nos enseñó a sumergirnos en las aguas profundas y a respirar con lentitud por tubos de madera. Nos enseñó a escondernos con el deseo de nunca ser encontrados.

“El que es encontrado es porque en el fondo de su corazón desea ser encontrado,” decía en voz cada vez más alta. Nuestra base secreta temblaba. Nosotros temblábamos de emoción y temor. “Si te escondes con el deseo puro de permanecer oculto para siempre entonces habrás llegado a ser un maestro del escondite.”

Nos gustaba esa palabra. Maestro. Nosotros también queríamos ser maestros del escondite. Nosotros también queríamos ser como el Inglés. Bueno, no como él porque eso era imposible. Pero queríamos imitarle. Queríamos seguirle. Porque él sabía cosas que nosotros no sabíamos. Él había sobrevivido al hombre pálido y por eso le respetábamos.

Nuestra iniciación ocurrió unas semanas después del retorno del Inglés. Uno de nosotros, Pablo, fue el primero en esconderse. Fue el primero en transformarse bajo su dirección.

“Sal solo cuando te lo diga el corazón,” le dijo el Inglés antes de que desapareciera en las tinieblas del bosque. “Sal sólo cuando desees ser encontrado.”

Pablo no volvió hasta después de tres semanas. La policía temía que fuera el trabajo del mismo hombre pálido. Nos preguntaron un millón de veces qué sabíamos. Pero ninguno de nosotros les dijo la verdad. Para jugar al escondite hay que saber esconder la verdad también. Los padres de Pablo lloraban desesperados. Los padres del Inglés intentaban consolarles. Eran los únicos que conocían su sufrimiento. Pero eso iba a durar poco.

Cuando Pablo volvió, nosotros fuimos los primeros en recibirle. Daba pena verle. Su ropa era apenas un trapo sucio que difícilmente tapaba su cintura. Pero sus ojos brillaban como los del Inglés. Qué maldito. Lo había conseguido. El muy cabrón lo había conseguido.

El inglés le abrazó como a un hermano. Le abrazó como a un igual. Le daba igual que oliera a heces y a amoniaco. Le amaba más que a los demás porque había pasado por lo que él había pasado. Cuánta envidia sentí de Pablo. Cuánta envidia sentimos todos. Queríamos ser los siguientes. Debíamos ser los siguientes o nos consumiría nuestra envidia.

“Todos seremos maestros del escondite” nos consolaba el Inglés. “Sed pacientes. Yo os guiaré al escondite perfecto.”

“No se puede encontrar al que no desea ser encontrado.”

Habían pasado horas y todavía no me había movido. Los gusanos de la tierra me aceptaron como a uno más. Me había convertido en un árbol. Y mis raíces eran las que retornaban. Había huido. Sí, había huido de este lugar. De este terrible y mítico lugar. Al final volvemos donde están nuestras raíces. Da igual que las arranquemos. Que las pisemos. Que las neguemos. Seguirán ahí, esperándonos. Al igual que él siempre me esperaría.

El Inglés cumplió su palabra. Y uno a uno, fuimos desapareciendo del mundo para retornar a él cambiados, diferentes, elevados. La policía y nuestros padres no entendían lo que estaba ocurriendo. Los niños del pueblo se desvanecían uno tras otro para retornar sin dar explicaciones. ¿Cómo podían entenderlo? No eran parte de nosotros. No entendían nuestro cometido. No entendían el poder de esconderse. Ellos estaban fuera del juego. Nosotros estábamos dentro.

“Ellos jamás nos comprenderán,” decía el inglés en la base secreta. Cada vez éramos más. La voz se había corrido. No se podía contener el brillo de nuestros ojos. “Ellos jamás nos comprenderán porque han perdido la habilidad de esconderse. Solo saben esconder sus asquerosos pensamientos y sus vidas vacías, y ni siquiera eso lo hacen bien. Pero no saben esconder la totalidad de su cuerpo. No entienden lo que significa desaparecer del todo. Sólo el que sabe esconder su cuerpo puede esconder su alma. Solo el que sabe esconderse puede volver a encontrarse.”

Cuando llegó mi turno tenía miedo. Tenía tanto miedo que mi cuerpo no era capaz de soportarlo. Me ardía la mente y me temblaban las piernas. Sudaba por cada poro de mi cuerpo, aterrorizado por la experiencia que tanto ansiaba y temía. Los demás que ya habían pasado por ella me abrazaban. Me consolaban. Me prometían que todo iría bien. Que no me arrepentiría de mi decisión. Todos me mandaron a la oscuridad y se despidieron con lágrimas y sonrisas en sus rostros encendidos.

Al principio me arrepentí. Vaya si me arrepentí. Ahí, metido entre la maleza y la porquería. Ahí, metido hasta los tobillos de aguas fétidas y oscuridad. Ahí, metido hasta el fondo en el pozo del terror.

Pero cuanto más tiempo pasaba escondido más me gustaba. Era como tener tu propio mundo. Llegó un momento en que mis pensamientos dejaron de ser míos y aparecieron otros que no esperaba encontrar. Era justo lo que decía el Inglés. “Cuando encuentras tu escondite exterior acabas encontrando el interior.” Cuanta paz. Cuanta paz. Cuanta paz.

Casi me encontraron la policía y los habitantes de los pueblos vecinos. Por muy poco me descubrieron. Cerraba la boca con fuerza porque sentía que el corazón  se me iba a escapar. Los tenía tan cerca que podía oler la suela de sus botas de goma. Los tenía tan cerca que podía escuchar sus voces: “¿Qué cojones está pasando en este pueblo?”

El Inglés y los demás maestros me dijeron que escuchara a mi corazón. Que él me diría cuándo podría volver a ellos. Cuándo podría salir de mi escondite. No les entendía cuando me lo dijeron. Aparentaba entenderlo, pero no lo entendía.

Pero cuando los días dejaron de tener sentido y mi refugio se convirtió en mi hogar, supe que era el momento de volver y revelarme al mundo. Mi corazón me había hablado. Qué maravilla. Qué voz tan dulce y deliciosa. Que éxtasis. Mi corazón escondido también salía de su escondite.

Mis padres lloraron cuando me vieron, tan sucio y herido como los demás que me precedieron. Me preguntaron pero no contesté. Me pegaron pero no contesté. Me suplicaron pero no contesté. Ellos no podían entenderme. Solo los escondidos podían hacerlo. Sólo los maestros podían otorgar respuestas ocultas.

“Bienvenido de vuelta, hermano del escondite” me dijo el Inglés al oído. Su abrazo era cálido. Su abrazo era eterno. Por fin, por fin era parte de él.

“No se puede encontrar al que no desea ser encontrado.”

Respiré hondo. Mi pie se movió, despegándose de la tierra y de mis recuerdos. Conseguí dar un paso. El leve crujido fue atronador para mis oídos. No podía tener miedo toda mi vida. Debía cerrar aquel capítulo de mi vida. Por el amor de Dios, ya era un adulto. Ya era un adulto responsable. Tenía que dejar de tener miedo. Tenía que dejar el pasado atrás.

Las puertas de las casas se cerraron una vez retorné a mi falso hogar. El alcalde había decidido poner restricciones. Ningún niño saldría sin el acompañamiento de sus padres. Querían evitar que nos escondiéramos. Querían evitar que nos iluminásemos. Hubo quejas, pero al final entendimiento. Los padres no querían volver a experimentar la más terrible de las pérdidas.

“¡No podéis mantenerme encerrado!” gritaba desde mi habitación, arañando las paredes y mi piel. Me sentía atrapado. Expuesto. Si no podía esconderme era como estar desnudo. Necesitaba escuchar las palabras del Inglés. Necesitaba su sabiduría. Le necesitaba. Todos le necesitábamos. Él era perfecto, nosotros no. Él era nuestra inspiración. A lo que aspirar. A lo imposible que desear.

Los niños acabaron escapándose por las noches. No había ventana o puerta cerrada para ellos. Las abrían con sortijas o las rompían con juguetes. Pero las abrían. Yo también las acabé rompiendo. Mis padres jamás me entenderían. Quizás algún día lo harían. Corrí de vuelta a nuestro escondite, donde los demás esperaban la llegada del maestro.

Y cuando por fin venía el Inglés todo era alegría. Nos levantábamos y aplaudíamos sin tocar nuestras manos. Gritábamos sin elevar nuestras voces en la noche. Todo era éxtasis. Algunos nos desmayamos de lo mucho que le ansiábamos. Nuestra rebeldía valía la pena con su presencia. Por él haríamos lo que fuera.

“Nosotros sabemos encontrar lo oculto porque nos hemos adentrado en su manto”  empezaba a decir en voz baja para que nadie nos encontrara. “En todas partes hay objetos que desean ser encontrados por vosotros. Volved a los falsos hogares y encontrad los objetos que vuestro corazón os muestre. Da igual lo que sea. Traedlo al día siguiente. Yo os esperaré.”

“No se puede encontrar al que no desea ser encontrado.”

Un paso. Otro paso. Otro paso. Respiro. No puedo. No puedo. Otro paso. Otro paso. Respiro. Respiro. Respiro. No puedo. No puedo. No puedo. Respiro. No puedo. Aquí fue donde empezó todo. No puedo. No puedo. No puedo.

Obedecimos sus órdenes y regresamos a nuestras habitaciones antes del amanecer. No podíamos esperar a buscar y a encontrar. No podíamos esperar a ver qué descubríamos con nuestro corazón. Rebuscamos entre los cajones y los áticos, entre las falsas paredes y los huecos de los muebles. Rebuscamos porque sabíamos que había algo que encontrar y que nos iba a reclamar. Cuando lo viéramos lo sabríamos. Cuando lo viéramos nos lo llevaríamos.

Volvimos la siguiente noche con los bolsillos llenos. Estaba orgulloso de mi botín. En la base secreta vaciamos nuestros pequeños sacos y enseñamos lo obtenido. La mayoría eran comidas prohibidas como caramelos navideños o bombones de caramelo duro. Pero algunos trajeron botellas de vino y licores de nombres largos. Y otros llevaron sobres cuadrados de plástico. Y unos pocos cofres con joyas y sortijas. Y varios con fotos de desconocidos y personas que se parecían a sus padres pero no lo eran.

El Inglés trajo una pistola. Todos nos echamos atrás y aguántanos nuestras respiraciones como animales cazados en la oscuridad.

“No tengáis miedo,” nos dijo mientras sostenía la brillante arma. “Ha sido ella quien ha querido ser encontrada por mí y sólo por mí. Estaba debajo de una tabla suelta. Seguramente la han comprado mis padres para protegerme del hombre pálido. Pero no necesito protección. Yo os protegeré de los males de este mundo. Juntos nos esconderemos para siempre.”

“No se puede encontrar al que no desea ser encontrado.”

Mi respiración deja de tener sentido. Mis sentidos han dejado de funcionar desde que había regresado. La tierra huele igual que siempre. Igual de húmeda y de arcillosa. Huele a peligro. Huele a niños que siguen fielmente a otro niño. Mi mano toca algo. Sin darme cuenta en mi pánico he conseguido poner una mano sobre la base secreta. Está áspera. Abandonada. Destartalada. Pero sigue viva. Sigue latiendo con los recuerdos de una tragedia.

Más objetos fueron descubiertos en los hogares de nuestros padres. Objetos de peligro. Objetos que rezumaban poder en cada poro. La pistola del Inglés había inspirado a muchos. Se despertó en nosotros una rivalidad. Una competición. Todo era un juego para nosotros. Un juego real. Empezamos a buscar como locos. Queríamos algo tan especial como él. Queríamos ser él.

Por la noche se escuchó el tintineo del metal contra el metal. La mayoría habían traído tijeras, cuchillos, machetes y navajas suizas, afiladas como aguijones de avispas. Y unos pocos consiguieron los revólveres antiguos de sus abuelos o las pistolas semiautomáticas de sus padres. Brillaban con un orgullo asqueroso. Cómo les odiaba. Cómo les envidiaba.

El Inglés asintió satisfecho. Todos estábamos alrededor suyo. Esperábamos su aprobación.

“Somos especiales,” dijo el Inglés, mirándonos a cada uno de nosotros. Nos sentíamos especiales. “Somos los maestros del escondite. Somos los que encontramos lo oculto. Somos los reveladores de la verdad y de la justicia. Somos nosotros contra el mundo. La oscuridad es nuestra aliada. La oscuridad es nuestro escondite. Nadie nos hará daño si no somos encontrados. Os ofrezco el escondite más perfecto que jamás podrá existir.”

El inglés apuntó la pistola a su pecho. Contuvimos la respiración. Casi sentíamos el pesado metal sobre nuestros propios pechos.

“Pronto vendrán a por nosotros,” empezó a decir en susurros, como siempre había hecho en el escondite. “Han descubierto nuestro templo. Planean destruirlo. Pero jamás me encontrarán. Mi alma se esconderá para siempre una vez se escape de este cuerpo sucio y frágil. El hombre pálido jamás volverá a encontrarme.”

Alzó sus brazos al techo de la cabaña árbol y respiró lentamente. Respiramos con él, sin entender del todo lo que estaba sucediendo. Pero sabíamos que era algo grande. Especial. Y que nosotros éramos parte de ese momento histórico.

“Adiós, maestros del escondite, volveremos a vernos cuando desee ser encontrado.”

Pam.

Un disparo. Un cuerpo. Un agujero.

La sangre nos salpicó a todos. Estábamos tan cerca de él que nuestros oídos pitaron como sirenas. Nadie gritó. Nadie lloró. Porque sabíamos que sólo se estaba escondiendo. Que el cuerpo que yacía con un agujero en el pecho ya no era el Inglés. Que su alma se iba a esconder de todos los males del mundo. Que había dejado de sufrir para siempre. Cuánta envidia sentíamos por él. Nosotros también queríamos dejar de sufrir.

Me habría quitado mi propia vida si no hubiera visto las luces de la policía. El disparo les había ayudado a encontrar la base secreta. Entraron a empujones y sus robustos y peludos brazos nos sacaron de nuestro templo. Forcejeamos pero era inútil. Nuestras armas del escondite final fueron también arrebatadas. Nuestra decisión había sido arrebatada.

“No ha sido tu culpa” me repetían una y otra vez mis padres. Su abrazo era asfixiante. Querían que olvidara el incidente. Que olvidara al Inglés. Pero jamás podría hacerlo. Yo lo había deseado mucho tiempo. Fue parte de mi vida. Aunque quisiera esconderla me sería imposible. No puedes esconder aquello que no quieres ocultar.

Pero al final, con el paso de los años acabé deseando ocultar mi infancia. Mis experiencias en el club del escondite. La muerte del Inglés. Me habían afectado demasiado. Mi manera de pensar. De sentir. De actuar. De amar. De vivir. De respirar. De morir. Necesitaba ayuda y la conseguí. La terapia parecía funcionaba. Yo parecía funcionar. Por fin podía ser yo de nuevo.

Pero entonces algo en mi me habló. Una parte muy muy escondida en mi había asomado la cabeza. Me hablaba desde dentro de mi pecho. Mi corazón me estaba hablando. Y no había dudas de lo que me estaba diciendo. Quería que volviera y fuese testigo del milagro. Quería ser encontrado.

“No se puede encontrar al que no desea ser encontrado.”

“Aquí fue donde ocurrió todo,” vuelvo a decir mientras me adentro en la base secreta. Si había vuelto era para callar la voz de mi interior. Quería que cerrara su boca para siempre. Quería dejar de escuchar sus mentiras. Quería dejar de vivir escondido. Quería que terminara todo.

Cuando entré en el escondite ya me estaba esperando el resto de maestros. Como yo, ellos también habían regresado. Todos tenían la misma mirada que tenía él. Sus ojos brillaban y los de sus hijos también. Oh dios, habían traído a sus hijos también a esta pesadilla. Estaba sucediendo de nuevo. La historia se repetía. La base secreta había vuelto a ser real. Las mentiras ya no eran mentiras. Eran verdades absolutas. Mis antiguos amigos y maestros se giraron. Y yo me giré. Y no le veía porque la noche había caído sobre mí sin darme cuenta. O quizás fue el mundo que se apagó por su llegada. Pero había alguien en la oscuridad. O quizás era mi oscuridad. O su oscuridad. No podía mover ni las manos ni los pies. Ni yo ni nadie. Y nos hablaba porque había decidido volver. Porque había decidido ser encontrado. Porque la partida del escondite se había acabado. Pero el juego no había nada más que empezar.

“Habéis encontrado al que desea ser encontrado,” dijo una voz en susurros.  

¿Quieres aprender a escribir historias como esta?

Echa un vistazo aquí

Más historias cortas

El Dios de los Agujeros

El Dios de los Agujeros

A Álamo de la Gama siempre le había gustado mirar a través de los agujeros. Y ahora que era el Sumo Pontífice de Roma no pensaba dejar de hacerlo.

leer más
La mariposa y el golem de papel

La mariposa y el golem de papel

El rabino Levias Ben Zakai descubrió el pequeño huevo de oruga sobre las páginas de la Torah, mimetizado entre las palabras sagradas como un punto más de su lectura.

leer más
El menú de los gustos

El menú de los gustos

Mi cocina gira alrededor de dos conceptos fundamentales que se interrelacionan entre ellos con exquisita perfección: los cinco sabores y los cinco elementos.

leer más
La última pregunta del discípulo

La última pregunta del discípulo

Cuentan las escrituras que un día estaba el Buda enseñando a una pequeña multitud atraída por su inmensa sabiduría. Pero de entre ellos, uno que se hacía llamar Namryan, dijo al que se encontraba al lado suyo.

leer más
La costilla del último hombre

La costilla del último hombre

Dicen que Dios arrancó una costilla a Adán, el primer ser humano, para crear a la mujer. Pero esto no es cierto. Solo yo sé realmente lo que hizo con ese hueso de origen divino.

leer más
Serpiente blanca, oscura soledad

Serpiente blanca, oscura soledad

Un hombre se muere solo sin nadie a quien aferrarse. Un hombre se muere solo sin nadie a quien otorgar su último aliento. Su cuerpo rígido en dolor yace en el suelo de una cueva de Islandia. Solo él conoce el paradero de su profunda tumba.

leer más

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *